En España existe una tradición de narraciones y leyendas orales asociadas con esa mítica raza de succionadores de sangre que forma parte de nuestras peores pesadillas, los Vampiros. De entre todas ellas, sobresale está por derecho propio: la del siniestro conde Guifred Estruch. Quienes defienden su existencia aluden a un guerrero medieval que vivió a principios del siglo XIII.
En aquel tiempo estaba a punto de librarse una encarnizada batalla que decidiría la suerte de la Península Ibérica para los siglos venideros: la de Las Navas de Tolosa. Del lado musulmán luchaban los fieros almohades; del cristiano, una coalición de reinos hispanos, a cuyas huestes se había sumado un considerable número de cruzados extranjeros llegados de más allá de los Pirineos. Entre éstos figuraría, el conde Estruch. La batalla se decantó finalmente del bando de los cristianos. Y, según relatan las crónicas de la época, el cruzado Estruch luchó con tal bravura sin moverse de la primera línea de combate que el rey Pedro II de Aragón le recompensó con un pequeño feudo en las tierras del Ampurdán otorgándole el título de conde.
El nuevo noble sentó así sus reales en el castillo de Llers, una estratégica fortaleza enclavada en una región donde por entonces estaban muy extendidas la brujería y el paganismo. Y Estruch se dedicó con denuedo a combatir esas supersticiones utilizando todos los métodos a su alcance. Muy pronto se ganó a pulso la fama de inclemente y de tenaz. Tanto como la tramontana, el viento que sopla con frenesí por esos lares y que dicen que lleva consigo los gérmenes de la locura.
Pese a estar absorbido por la dura tarea que él mismo se había impuesto, al conde Estruch le dio tiempo de casarse con una hermosa doncella de nombre Arnaldeta. Aseguran que con ella fue feliz, pero no por mucho tiempo, pues la joven murió prematuramente a raíz de una enfermedad desconocida, de la que su atribulado viudo culpaba a los mismos que él había castigado. Añadamos que el bellísimo sepulcro donde yace enterrada la desdichada Arnaldeta aún puede contemplarse hoy en la majestuosa iglesia de la fortaleza gerundense de San Feliú.
A partir de entonces, al desconsolado viudo ya no le detuvo el más mínimo escrúpulo. Para que las sospechosas de brujería confesaran sus crímenes las sometió a la llamada «prueba de la aguja». Consistía en pincharlas con cuchillos en busca de la marca del diablo. Para finalmente acabar en el fuego purificador de la hoguera.
Todo parecía controlado si no fuera por un pequeño detalle: al parecer, una de las infelices, lejos de resignarse a morir como una vulgar hechicera, lanzó una maldición a su noble verdugo para que no descansará ni vivo ni muerto. Los acontecimientos no tardaron en precipitarse. El conde Estruch cayó gravemente enfermo y falleció poco después. Desde aquel mismo día, muchos pobladores del lugar juraban y perjuraban distinguir la tétrica silueta del caballero vagando por los bosques colindantes al castillo. Y añadían, despavoridos, que su espectral figura atacaba sin miramientos a sus antiguos súbditos para beberse hasta su última gota de sangre.
Llegó a cundir de tal modo el pánico entre los testigos oculares que recabaron enseguida los servicios de un experto para conseguir que el «no muerto» regresase a su eterno descanso. El elegido no fue otro que un ermitaño judío conocedor de los arcanos de la cábala. Este caza-vampiros hebreo logró que el conde retornase para siempre a su ataúd aplicándole un sortilegio ancestral relacionado con rituales ocultistas. Para cerciorarse del éxito de su misión, le clavó una estaca y acto seguido lo decapitó sin miramientos. Fue así como Estruch entró para siempre en la leyenda...


